Respuesta a: Foro del módulo 1

#10605
Paula Andrea Portela
Participante

Desespero y frustración es lo que ha rondado en mí con más fuerza en los últimos meses, al enfrentarme cada mes por cinco días, con un dolor paralizante, asfixiante, aturdidor. Escuché la clase del sábado hace unas horas y entendí, en parte, mi pérdida de sentido. Justo ha sido una pregunta que he tenido en mis últimas semanas. ¿Qué estoy haciendo conmigo? Se atraviesan varias respuestas y patrones que procuro transformar, pero sé que en una gran medida esa pregunta, que surge de un profundo desazón, tiene que ver con una condición de dolor recurrente que quita las ganas de vida, que trastoca los tiempos, que agota, que confunde e impresiona. ¿Por qué dolor? ¿Cuándo encontraré una explicación? ¿Dejará de doler en algún momento? Y, aunque sé que en este camino he intentado encontrar algunas respuestas, o al menos pistas, me resulta agotador el que, los mismos ritmos frenéticos e hiperproductivistas del mundo que habito e interiorizo, me han restado espacio, tiempo y disposición para cuidar de mí y continuar con mi búsqueda.
Me impulsa -y también apasiona-, el encontrarme cada vez con más mujeres que viven situaciones similares. Encontrarnos en la empatía del dolor y también en la furia que nos produce la invisibilización del sistema. Qué injusto es buscar respuestas y que encuentres menosprecio, minimización. Ahí, en ese lugar, vuelvo a encontrar fuerza y ganas de seguir la búsqueda, de abrir campo y nombrar lo que necesita ser nombrado.
Recuerdo mucho que cuando estaba en séptimo de primaria, una profesora me sacó del salón de clase por tener una bolsa de agua caliente en mi vientre. Al parecer, le molestaba mucho que me ausentara o que cada mes se repitiera esa misma escena. Ante todos mis compañeros y compañeras me dijo que dejara la bolsa de lado o que me retirara del salón, que no llamara más la atención. Le respondí que no estaba llamando la atención y que seguro ella no se lograba imaginar lo que significaba ese malestar. Me insistió en su mensaje, por lo que tomé mis cosas y me salí del salón de clases. No volví a su clase por unas semanas. Me buscó diciéndome que no fuera tan orgullosa, que habláramos. Le discutí nuevamente y le señalé que no volvería a la clase si no me permitía entrar con la bolsa. Meses después me desmayé en la fila de la tienda por un dolor incapacitante.
Me quedó marcado ese momento, como otros de invisibilización, por lo absurdo. También, por mi fuerza y mi determinación en defender lo que necesitaba para mí por la convicción de la vivencia que atraviesa mi cuerpo.