Respuesta a: Foro del módulo 1

#10567

Hola a todas. Les comparto lo que escribí tratando de describir a lo que me ha llevado el dolor en muchos momentos de mi vida.

1 3 8 0 es mi número de la muerte. Lo descifré en un impulso absurdo: quise hacer la cuenta, y con mis matemáticas básicas sumé las veces que he deseado morir: mil trescientas ochenta. Me parecen pocas. Sé que han sido muchas más. Conté los meses que he menstruado durante veintitrés años. Cinco días cada mes, sin contar la ovulación, ni los sangrados de seis, siete o quince días. Sí, son más. Y no intentaré incluir las veces que me faltan. Me asusta atravesar este umbral: 1 3 8 0 formas de esperar la muerte, de invocarla como antídoto fulminante y certero.

Cuando empecé a menstruar, empecé también a morir. No reconocía los síntomas. Nadie me había dicho que se encalambrarían mis manos, mis piernas y pies. Nadie, nunca, nombró que podría caer y golpearme los pómulos. Que podría ver el mundo verde, después blanco, y después, simplemente no verlo. Que sentiría chuzos en el vientre como si muchas agujas salieran de ahí; que un golpe desde adentro de la piel detendría mis pasos y me tumbaría al piso. Que el “dolor bajito” se volvería debilidad y frío y calor en todo el cuerpo. Que mi cabeza palpitaría. Que intentaría cagar pero un frío intenso recorrería mis caderas, subiría por mi espalda hacia el cuello y llegaría a mi cerebro hasta empujarme violentamente al suelo. Y luego, en un intento del dolor por salir de mi cuerpo, se quedaría atascado en las puntas de mis dedos, doblando mis muñecas y talones, imponiéndose cual candado que amarra, aprieta y castiga. Nadie, nunca, me dijo que podría desvanecerme por completo, olvidar la vida en un instante, y luego despertarme cagada, bañada en sudor y atrapada por horas en una desolación inmensa.

La primera vez pensé que estaba muriendo. Que seguro así también se podía morir, y no solo a bala, que era como estaba acostumbrada a ver la gente morirse y como pensaba que moriría yo también. Esa primera vez me asusté, y la segunda, y la tercera. Sentía un miedo profundo. En los taxis, camino al hospital, alcanzaba a decirle a mi hermanita que la amaba, en mi mente, y despedirme de ella mientras me consumía en ese carro que bajaba muy rápido por las faldas empinadas de la montaña, mientras pitaba con un pito agudo, aturdidor, insoportable, haciendo las veces de ambulancia y sorteando todo el caos que se cruzaba barrio abajo, hasta llegar al verdadero infierno, al más aséptico de los infiernos que he habitado: el hospital. Un infierno que perpetuó mi dolor hasta ahora, veintitrés años después. Frío e insípido infierno que me hizo regresar esa noche y todas las siguientes a mi casa, sin una sola respuesta, sin atinar una pregunta delicada. No sé cuántas pruebas de embarazo me hicieron de ahí en adelante. Yo me daba cuenta que las hacían cuando le decían a mi mamá -no está embarazada-, y entonces osaban recomendar que me embarazara, que así dejaría de sentir dolor. Y yo tenía trece años. Aprendí lo que era la frustración cuando me di cuenta que ese dolor menstrual no me mataría. La muerte entonces dejó de ser tangible para mí. Supe que no me entregaría el descanso, sino el padecimiento de su deseo. Cada mes la anhelé, invoqué su infinita crueldad y dureza sobre mi cuerpo. Le dije que sí, que este mes sí, que no me devolviera más a la vida. Le dije que no quería resucitar más, que me dejara ahí, desvanecida, desaparecida de mí. Y la muerte fue terca, quiso mostrarme caminos cuando yo solo la quería a ella. Y me dejó vivir. Y yo aún me pregunto qué profundo, latente y genuino deseo de estar viva hizo que con mi mano no colgara la soga para ayudarle a mi cuerpo a matar su dolor.